viernes, 25 de febrero de 2011

IRRACIONAL

Siempre soñó con ir a uno de esos restaurantes donde los camareros cantan ópera. Te traen la sopa y cantan La donna e mobile; con la carne y el pescado, suelen entonar los coros del Nabuco y, a los postres, con el champán, se arma la de dios con el brindis de La Traviata. No era aficionado a la ópera, ni siquiera a la zarzuela. Pero tenía esa ilusión. Se lo dijo a su mujer y a sus hijos, pero se rieron de él. Sus amigos preferían las tascas de siempre. Lo propuso en la empresa, para la comida de Navidad, y tampoco le hicieron caso. Y él iba almacenando una ira sorda contra todos, que crecía con el paso de los días. Poco a poco dejó de frecuentar los bares donde se reunía con aquellos amigos que tan mal se habían portado. En la oficina se aisló cada vez más y solo hablaba lo indispensable. En casa era una esfinge sentada frente al televisor. Y dejó de preocuparse por las notas de los niños y por su salud. No volvió a mantener relaciones sexuales con su mujer y comenzó a olvidar la higiene corporal y el decoro en el vestir. Se dejó crecer las uñas, el pelo y la barba. Más tarde, abandonó el trabajo y se quedó en casa. Permanecía en la cama durante casi todo el día: allí comía y hacía sus necesidades, muchas veces las dos cosas al mismo tiempo. Su mujer y los niños se fueron a otra ciudad, donde nadie supiera de su vergüenza. Le cortaron la luz y el agua. Los insectos y los roedores le disputaban los pocos residuos comestibles que había por el suelo. Fue entonces cuando empezó a salir a la calle de madrugada, desnudo, a rebuscar en las basuras. Comía raspas de sardinas, huesos de pollo, cáscaras de plátano. Bebía el agua de los charcos. En el barrio se extendió el rumor de que había un hombre lobo, pero los más sensatos dijeron que era una leyenda urbana. Y un día alguien le vio disputando con un gato, en un callejón sin luz, por una cabeza de besugo. Y ese alguien se lo dijo a su mujer y a sus hijos. Y éstos sintieron pena y decidieron actuar. Hablaron con los viejos amigos y con los ex compañeros de trabajo y casi todos estuvieron de acuerdo y dispuestos. La jefa de personal de su antigua empresa quedó encargada de organizarlo y coordinarlo todo: llamó a un restaurante de esos en los que los camareros cantan ópera e hizo una reserva para treinta personas: le dieron mesa para un mes después. La mujer y los hijos regresaron al hogar y le comunicaron la buena nueva: al principio no les entendía, casi ni los reconocía, pero, con paciencia, se lo hicieron comprender. Supo que iba a cumplir la ilusión de su vida, la razón de su existir. Y esta revelación le volvió a transformar. Toda la familia se puso manos a la obra. Limpiaron y desinfectaron la casa. Pintaron techos y paredes; lijaron y barnizaron los suelos; lavaron ropa blanca y de color. Fumigaron las plagas. Pagaron los atrasos de luz y agua y restauraron los suministros. Él se bañó, se duchó y se volvió a bañar: se afeitó la barba,  se cortó el pelo y le hicieron la manicura. Se compró un traje nuevo e incluso recuperó su antiguo empleo, donde se convirtió en el brazo derecho del director. Volvió a frecuentar los bares de antes, pero ahora era el rey y contaba los chistes más aplaudidos. Los vecinos del barrio alababan su elegancia y educación. En casa, colaboraba en las tareas domésticas, ayudaba a los niños en los estudios y se interesaba por sus cosas. Hacía el amor con su mujer al menos una vez al día y la obsequiaba con rosas frescas y bombones finos. Y así transcurrió un mes.
       Y por fin llegó el día. Se levantó muy temprano y dedicó tiempo y esmero a la composición de su persona. Se duchó, se baño y se volvió a duchar. Se echó colonia y desodorante. Se afeitó, se dio crema hidratante, se peinó con gomina. Se demoró en la preparación de la ropa, ha tiempo ya elegida: la camisa blanca; la corbata roja; el traje azul marino. Los calzoncillos boxer; los calcetines negros de seda; los zapatos negros de chupamelapunta. Desayunó en pijama un té con una galleta y después se cepilló los dientes, se pasó el hilo dental y se enjuagó la boca con licor del polo. A continuación se puso la ropa previamente preparada y salió a comprar el periódico. Saludó a los vecinos; dedicó galanterías a las vecinas e hizo morisquetas a los pequeños. Charló del tiempo con el del kiosco, luego entró en un bar, se tomó un café y se fumó un cigarro. Después, subió a casa y se sentó en el sofá a leer el periódico pero enseguida lo dejó y encendió la televisión. Cambió varias veces de canal con el mando y la apagó. Volvió a coger el periódico y leyó los deportes y los sucesos. Se levantó del sofá y fue a mirar por la ventana. Paseó por toda la casa: entró en la cocina, abrió el frigorífico y lo volvió a cerrar; abrió la puerta de la habitación de los niños, les acarició la cabeza; alabó las formas de su mujer que estaba terminando de arreglarse. Volvió al sofá y se sentó a esperar. En la calle sonó un claxon: se asomó a la ventana y no vio a nadie. Más tarde llamaron a la puerta: los niños salieron a abrir y era un señor con uniforme: era un chófer que decía que el coche estaba listo y que cuando los señores quisieran. Terminaron de peinar a los niños y bajaron. Frente al portal estaba el chófer sujetando con una mano la puerta abierta de la limusina: blanca, larga, de cristales negros….